Regalos Religiosos

El significado detrás de cada regalo de fe


Qué regalar a una familia en duelo

Casi nunca es un objeto. Y cuando lo es, hay una categoría concreta que funciona y varias que no.

La palabra “regalar” no encaja bien aquí y conviene decirlo de entrada: en un duelo no se regala, se acompaña. Lo que se lleva es un signo de que alguien está ahí.

Con esa aclaración hecha, sí hay decisiones concretas que tomar, y hay costumbres españolas bastante definidas que ayudan a no improvisar.

Qué significa

Las tres formas tradicionales de acompañar en el catolicismo español:

Las flores. Corona, centro o ramo enviado al tanatorio o a la iglesia. Es lo más extendido y lo más inmediato. Cada vez más familias piden expresamente que no se envíen y que se destine ese importe a una causa; cuando lo piden, se respeta sin discusión.

Encargar una misa. Es la forma específicamente católica y la que menos conoce la gente joven. Se pide en una parroquia —cualquiera, no tiene que ser la del funeral— que se celebre una misa por la persona fallecida, indicando su nombre. Se entrega un estipendio, cuya cuantía orientativa fija cada diócesis, y la parroquia comunica el día en que se celebrará. Después se hace saber a la familia que se ha encargado, normalmente con una tarjeta.

Es un gesto de coste modesto, que la familia agradece de forma muy concreta —porque puede asistir— y que no ocupa espacio ni obliga a nada.

Estar. Ir al velatorio, ir al funeral, escribir. Suena obvio y es lo que más se recuerda.

Y una cuarta que no es tradicional pero es la más útil de todas: hacerse cargo de algo práctico. Comida los primeros días, gestiones, recoger a los niños del colegio, atender el teléfono. En los días posteriores a una muerte hay una cantidad enorme de tareas administrativas y domésticas que nadie tiene cabeza para hacer.

Cuándo se regala

En los primeros días, las flores y la presencia.

En las primeras semanas, la misa encargada y la ayuda práctica.

Después, que es cuando casi todo el mundo desaparece. Aquí está el gesto que más se agradece y que menos gente hace: aparecer al mes, a los tres meses, en el primer aniversario, en el primer cumpleaños de la persona ausente. El acompañamiento se concentra en la primera semana y el duelo dura mucho más.

Un objeto que encaja bien pasado un tiempo, cuando ya no hay urgencia: algo que ayude a recordar. Una foto enmarcada que la familia no tuviera, un cuaderno donde quienes la conocieron escriban un recuerdo, una recopilación de cartas. Es la única categoría de objeto que en un duelo suma en lugar de ocupar.

El error frecuente

El objeto que obliga a exhibir el dolor. Placas conmemorativas grandes, cuadros con frases, esculturas de ángeles, objetos con el nombre en letras grandes. Llegan con toda la intención de consolar y colocan a la familia ante un dilema: ponerlo a la vista, aunque no quiera, o guardarlo y sentirse mal.

En este terreno lo pequeño y lo que se puede guardar en un cajón funciona mucho mejor que lo que reclama pared.

El segundo error es de plazo: el objeto conmemorativo en los primeros días. Es demasiado pronto. En la primera semana lo que sirve es comida, presencia y gestiones; el objeto de recuerdo llega mejor semanas o meses después.

Y el tercero, el más frecuente de todos y el que no es de objeto: desaparecer por no saber qué decir. Un mensaje corto que no pida respuesta —“estoy pensando en ti, no hace falta que contestes”— es infinitamente mejor que el silencio. Y la frase que casi nunca falla es la más simple: decir el nombre de la persona que ha muerto y contar algo concreto que recuerdes de ella. Es lo que las familias en duelo dicen echar de menos cuando todo el mundo empieza a evitar el tema.


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