Qué se le regala a un sacerdote
Litúrgico o personal, y una distinción que casi todas las guías se saltan: no todos hacen voto de pobreza.
Regalar a un sacerdote pone nerviosa a mucha gente, y el nerviosismo produce dos resultados igual de malos: el objeto litúrgico comprado sin saber, o el detalle genérico que se le regalaría a cualquiera.
Antes de elegir hay una distinción que conviene tener clara y que la mayoría de las guías se salta.
Qué significa
Un sacerdote diocesano no hace voto de pobreza. En su ordenación promete obediencia a su obispo y asume el celibato, pero no emite los votos propios de la vida religiosa. Tiene sus bienes, su sueldo y su vida material como cualquier otra persona.
Un religioso —franciscano, dominico, jesuita, benedictino— sí. Los miembros de institutos de vida consagrada profesan los votos de pobreza, castidad y obediencia, y el voto de pobreza afecta directamente a lo que pueden poseer: según su regla, lo que reciben puede pertenecer a la comunidad y no a la persona.
La consecuencia práctica es directa. A un párroco de tu pueblo puedes regalarle perfectamente un objeto personal de cierto valor. A un fraile, el mismo objeto lo pone en un compromiso, porque tendrá que ponerlo a disposición de su comunidad o rechazarlo.
Y hay una tercera situación, cada vez más común: sacerdotes diocesanos que llevan un estilo de vida deliberadamente austero. Ahí no hay norma que consultar, solo sentido común.
Cuándo se regala
Los momentos con tradición son cuatro: la ordenación, la primera misa, los aniversarios de ordenación —las bodas de plata sacerdotales son el más celebrado— y la despedida, cuando cambia de parroquia o se jubila.
Fuera de esos momentos, la Navidad y el santo son las ocasiones habituales de detalle por parte de los feligreses.
Qué encaja en cada categoría:
Objetos litúrgicos —estola, casulla, cáliz, patena, copón, breviario—. Son el regalo con más significado y el que más se equivoca al comprar por libre. Tienen requisitos: la Instrucción General del Misal Romano establece que los vasos sagrados se hagan de metal noble y que, si el material puede oxidarse, el interior de la copa vaya dorado. Además, cada sacerdote tiene sus preferencias de talla, de color y de estilo, y a menudo ya tiene los objetos que necesita.
Esto no significa que no se pueda regalar: significa que se pregunta antes, en la parroquia o a alguien de su entorno. Es exactamente igual que preguntar la talla de una camisa.
Objetos personales de uso. Libros, una buena estilográfica, algo relacionado con sus aficiones, comida. Es la categoría más segura y la más agradecida en el día a día.
Lo que no es objeto. Aquí está probablemente el mejor regalo y el que menos se hace: invitarle a comer, acompañarle, o encargar una misa por una intención. El clero de una parroquia pequeña come solo bastantes días.
El error frecuente
Regalar decoración religiosa. Una imagen, una talla, un cuadro devocional. Es lo primero que se le ocurre a mucha gente —es cura, le gustarán las cosas de iglesia— y es lo que más se acumula en las casas parroquiales, que ya están llenas de objetos heredados de generaciones anteriores.
El segundo error es el objeto litúrgico comprado por sorpresa. Una casulla de la talla equivocada, del color de un tiempo litúrgico que no usa, o un cáliz que no cumple los requisitos, es un regalo que no se puede usar y que además no se puede dar a nadie más. Y una vez bendecido o consagrado, un objeto de culto no se puede tratar como un objeto cualquiera: el Código de Derecho Canónico exige que las cosas dedicadas al culto se traten con reverencia y no se empleen para uso profano.
El tercero, más humano: el regalo caro de un feligrés concreto a su párroco. Aunque no haya ninguna norma que lo impida, sitúa al sacerdote en una relación singular con una familia de su parroquia, y eso se nota en una comunidad pequeña. El detalle colectivo evita el problema y suele hacer más ilusión.