Ordenación y primera misa: el regalo que corresponde
Dos celebraciones seguidas, con objetos distintos y con un reparto de papeles que conviene respetar.
La ordenación de un sacerdote y su primera misa son dos actos distintos, casi siempre en días consecutivos, y los regalos que corresponden a cada uno también lo son. Es además una de las pocas ocasiones de este sitio donde los objetos tienen función real en la celebración, así que la coordinación con quien la organiza no es opcional.
Qué significa
La ordenación es el sacramento del orden, celebrado por el obispo, en la catedral o en una iglesia designada. En el rito se imponen al nuevo sacerdote la estola y la casulla, que son los signos visibles del ministerio que recibe. Se le ungen las manos con el santo crisma, y se le entregan el pan y el vino.
La primera misa es la que celebra ese sacerdote, normalmente al día siguiente o pocos días después, casi siempre en su parroquia de origen. Es la celebración familiar y comunitaria, y donde se concentran la mayoría de los regalos.
Los objetos con tradición y su sentido:
- La estola. Es el signo del ministerio ordenado y el regalo simbólico por excelencia. Tradicionalmente lo regala la familia más cercana, o los padrinos si los hay.
- El cáliz y la patena. El regalo de más peso. Suele venir de la familia, de la parroquia de origen o de un grupo de fieles, y con frecuencia es un objeto heredado —el cáliz de un sacerdote de la familia, o uno de la propia parroquia—. La Instrucción General del Misal Romano establece que los vasos sagrados se hagan de metal noble y que, si el material es susceptible de oxidarse, el interior de la copa vaya dorado.
- El alba y el resto de la indumentaria litúrgica, que es lo más práctico y lo que suele hacer falta de verdad.
- El breviario —la Liturgia de las Horas— y su estuche. Un regalo de uso diario durante toda la vida sacerdotal.
- El cirio o la vela de la primera misa, y los recordatorios que se reparten a los asistentes, que en este caso los prepara la familia.
Cuándo se regala
Los objetos que se usan en la ceremonia hay que tenerlos antes y hay que haberlos hablado. La estola y la casulla de la ordenación las coordina quien organiza la celebración con la diócesis; el cáliz, con la parroquia.
Esto significa que el regalo grande de una ordenación no es una sorpresa, y no debería intentar serlo. Se acuerda, igual que se acuerda cualquier elemento de una liturgia.
Lo que sí puede ser sorpresa es todo lo demás: el estuche del breviario, el alba de repuesto, un libro, algo personal. Y los recuerdos que se entregan a los asistentes, que en las primeras misas suelen incluir una estampa con la fecha y a veces un pequeño detalle.
El error frecuente
Comprar un cáliz por libre. Es el error caro de esta categoría. Un cáliz que no cumple los requisitos, o que no encaja con el estilo litúrgico de quien va a usarlo, o que duplica el que ya le han regalado, es un objeto que no se puede devolver, no se puede reutilizar y no se puede tratar como un objeto cualquiera una vez consagrado.
Un cáliz se pregunta. Siempre.
El segundo error es la personalización mal entendida. Grabar el nombre y la fecha de ordenación en la base del cáliz o en el estuche es tradición y está bien; grabar frases largas, dedicatorias personales o motivos decorativos en un vaso sagrado, no. La sobriedad es la norma en estos objetos, y un grabado discreto en la base envejece infinitamente mejor que uno vistoso.
Y el tercero, específico del momento: olvidar a la familia. En una ordenación los padres del sacerdote viven un día que llevan años esperando y que casi nunca tiene un reconocimiento propio. Un detalle para ellos, o simplemente una nota, es algo que muy poca gente hace y que se recuerda.